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Nuestra vida contemplativa está profundamente arraigada en la sencillez y la discreción de los comienzos del evangelio. Exige de nosotras fe ardiente, fidelidad constante, una esperanza intrépida y la conversión continua.
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Los votos
de obediencia, castidad y pobreza son el crisol en el que el
Espíritu Santo va dando forma a nuestra vida
personal y comunitaria, para que se convierta en una continua
ofrenda para gloria de Dios. |
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El clima de silencio de nuestros monasterios proporciona a cada una y a la comunidad el espacio de soledad necesario para discernir, a la luz del Espíritu, lo que agrada al Padre y, como la Sagrada Familia, vivir en perfecta armonía con la voluntad de Dios.
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