Hermanas Contemplativas



 

Nuestra vida contemplativa está profundamente arraigada en la sencillez  y la discreción de los comienzos del evangelio. Exige de nosotras fe ardiente, fidelidad constante, una esperanza intrépida y la conversión continua.

 

Los votos de obediencia, castidad y pobreza son el crisol en el que el Espíritu Santo va dando  forma a nuestra vida personal  y comunitaria, para que se convierta en una continua ofrenda para gloria de Dios.




 
La adoración y la alabanza, la acción de gracias y la intercesión marcan  el ritmo de nuestra vida cotidiana.

La oración y el trabajo nos ayudan a permanecer  en  continua  relación con el Padre, a ser fieles a nuestra misión de crear familia y a vivir nuestro carisma de comunión, en la Iglesia y en el mundo.


 

La Palabra y La Eucaristía  reavivan en nosotras el deseo de que llegue el  día en el que toda la humanidad formará una sola familia, la Familia de Dios.

El clima de silencio de nuestros monasterios proporciona a cada una y a la comunidad el espacio de soledad necesario para discernir, a la luz del Espíritu, lo que agrada al Padre y, como la Sagrada Familia, vivir en perfecta armonía con la voluntad de Dios.

 

 

Cada  monasterio es la casa de Dios, en la que, unidas a la fuente de la Vida, proclamamos  la primacía de Dios en nuestra vida. En ellos acogemos a quienes desean pasar tiempo con el Señor, en la oración y el silencio.



Queremos que  nuestra vida comunitaria contemplativa  sea, para la juventud en  busca de sentido, una invitación a compartir nuestra experiencia espiritual, a convertirse, con nosotras, en otro Nazareth,  proclamando, con nuestra vida,  que somos hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas entre nosotros.


Para conocer los diferentes monasterios, haga  clic aquí 
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