El milagro eucarístico que tuvo lugar en Burdeos el 3 de febrero de 1822, es una de las grandes manifestaciones de Dios en el siglo XIX, una época, sin embrago, poco propicia a este tipo de acontecimientos. Durante un buen rato, más de veinte personas dignas de confianza; religiosas, laicos, un sacerdote y el monaguillo vieron a Cristo presente en la hostia. Cristo vivo moviéndose, mirando a los asistentes con una atención, o mejor con una intención, cuyo significado se comprendió más tarde. La Sagrada Familia de Burdeos fundada por el Padre Pedro Bienvenido Noailles, conserva como un tesoro de familia, el recuerdo de esta aparición. Cada año la bendición milagrosa del 3 de febrero se celebra con fervor en Burdeos y en todos los lugares donde se encuentra la Asociación.
¿Por qué este signo se mantiene aún tan vivo? ¿Qué quiere decirnos el Espíritu Santo a través de este fervor continuado? ¿Cuál es hoy la llamada de Dios?
La teología del Padre Noailles nos parece indiscutiblemente trinitaria desde su origen. Es un contemplativo de “la vida de familia” en el interior de la Trinidad, del amor, del don recíproco que intercambian sin cesar las Tres Personas de la Trinidad.
Este don de amor de las Tres Personas tiene una lógica de movimiento, o en otras palabras, una capacidad de derramarse, de comunicarse. Dios ha creado a los hombres “para estar en sociedad” con Él. Él quiere que se amen con el mismo amor que las tres Personas divinas intercambian sin cesar. Hay que releer aquí los capítulos de San Juan sobre el amor del Padre y del Hijo. Esta vida en el amor necesita de un modelo, de un prototipo, de un lugar donde se haya vivido: es la Sagrada Familia de Jesús, María y José que constituyendo como “una Trinidad en la tierra”, como dicen los autores del siglo XVII que Noailles leía en Saint Sulpice. Los primeros cristianos, cercanos a los orígenes, con una pureza de vida y de convicción particulares, vivieron esta misma vida. La Sagrada Familia de Burdeos no tiene otro objetivo que testimoniar que esto es posible hoy. La diversidad de estados de vida es pues constitutivo de su carisma de fundación si quiere vivir este amor en todos sus aspectos. La llamada espiritual es clara, exigente, radical.
Para vivir en el amor, hay que tener a Jesús presente en sí mismo. ¿Qué es lo que nos une ? Es Jesús. Tal como dice la expresión contemporánea « la Iglesia es Jesús extendido y manifestado ». Si Jesús está presente en mí, en ti, en cada hombre, yo puedo ser tu hermano o tu hermana, pues nos une el lazo más fuerte que puede existir: el amor trinitario, bajo el impulso del Espíritu. Todo eso es magnífico, pero hay que vivirlo. Entramos entonces en la teología del amor de Jesús entregado hasta el final. El hombre quiere amar pero es incapaz. ¿Qué es lo que va a hacer posible el amor, de la manera más verdadera y más eficaz? La presencia eucarística. Jesús nos ha amado tanto que se ha encarnado por nosotros, ha muerto por nosotros, ha resucitado por nosotros, está presente en medio de nosotros en la Eucaristía. El movimiento de kenosis de Cristo, tan bien descrito en Filipenses 2,5-11, y que comienza por esta frase grandiosa: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”, continúa en la Eucaristía, haciendo posible el amor con Dios y entre los hombres.
La aparición de 1822 manifiesta esto. Muestra el amor inmenso de Cristo, el amor entregado hasta el final, hasta mí, hasta hoy, aquí y ahora. La presencia continua de Jesús, aceptada, integrada por mí, me hace entrar en las profundidades de Dios. Ella hace posible mi relación fraterna, familiar, con mis hermanos los hombres, y con Dios. Si Jesús vive en mí, puedo estar en sociedad con los hombres y con la Trinidad.
Pasajes del libro de Bernard Peyrous: “Milagro Eucarístico”. Relato y testimonios de los acontecimientos de Burdeos, 1822