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Como religiosas
apostólicas, participamos en la vida misionera de la Iglesia.
Estamos llamadas a extender y fortalecer la fe, por lo que decimos,
lo que somos y lo que hacemos. (Constituciones, art.84).
Queremos estar al
servicio del Reino y contribuir a la realización del
sueño de Dios: hacer de toda la humanidad la Familia de Dios.
Siguiendo a Jesús, nos sentimos enviadas a ser apóstoles
por la palabra, la acción y la presencia, creadoras de unidad
y signos de comunión.
Confiamos en la
fidelidad de Dios, que se nos muestra en la realidad cotidiana de la
vida. Por eso, estamos llamadas a ser comunidades
proféticas, llevando una vida auténtica, alimentada por
la Palabra y la Eucaristía, siendo una presencia sencilla y
discreta y viviendo audazmente nuestra opción preferencial por
los pobres.
Nuestra vida
comunitaria está basada en la acogida mutua, el amor y el
servicio humilde, como len Nazareth.
Nuestros votos nos
liberan para que toda nuestra vida pueda ser apostólica,
"una continua ofrenda para gloria de Dios y salvación del mundo".
El voto de
obediencia abarca toda nuestra vida y modela en nosotras
un corazón filial, que encuentra su alegría en
hacer la voluntad del Padre. Como la Sagrada Familia, buscamos juntas
la voluntad de Dios, en la oración y el discernimiento,
manteniéndonos a la escucha de Dios en nuestra vida personal y comunitaria.
El voto de
castidad manifiesta nuestro amor preferencial por Cristo y nuestro
deseo de poner toda nuestra capacidad de amar a su servicio.
El voto de pobreza
nos invita a seguir a Cristo pobre en su dependencia absoluta del
Padre y en su predilección por los pobres y humildes. |
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